La fe bíblica se origina en Dios y su palabra, y siempre está relacionada con ella.
Hebreos 11. 1. Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo
que no se ve.
Mi fe, mi confianza, surge del “título de propiedad espiritual” que Dios me otorga, de la certeza de lo que espero. La fe bíblica no es el convencimiento mental de que algo bueno me sucederá, sino la convicción en mi corazón de que ya es una realidad. La palabra en el griego es elegchos, la “prueba evidente” de lo que aún no veo en lo natural, pero que seguro vendrá
Dios le prometió a Abraham un hijo siendo anciano, y se lo dio. Abraham se sostuvo creyendo en lo que le dijo Dios.
Romanos 4. 17-22. (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen. 18 El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. 19 Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. 20 Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, 21 plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; 22 por lo cual también su fe le fue contada por justicia.
Gracias Padre porque la fe es un don del Espíritu Santo y tú me la concedes siempre que sea necesaria para tareas específicas. En el nombre de Jesús, amén.
